Soy maestro universitario, y recientemente me vi enfrentado a una situación que me llenó de frustración. Mi jefe, en lo que sentí como un acto de maldad o indiferencia, me asignó la responsabilidad de organizar dos eventos académicos importantes —un congreso y un ciclo de conferencias— a pesar de que sabe que no tengo experiencia previa en ese ámbito y que mi salud no está en su mejor momento. Me pareció una carga injusta, como si me hubieran arrancado mi túnica, esa capa de seguridad y competencia que suelo llevar en mi trabajo cotidiano. Indignado, le reclamé, pero él se mantuvo firme en su decisión, sin dar marcha atrás en su plan. Me sentí arrojado a un pozo vacío, un lugar desconocido y desolador donde no tenía las herramientas ni la confianza que normalmente me sostienen.
Al principio, me resistí. La idea de coordinar logística, contactar ponentes, manejar presupuestos y promocionar eventos me abrumaba. Sin embargo, no tuve más opción que sumergirme en la tarea. En ese proceso, un amigo cercano, colega también, se convirtió en mi apoyo inesperado. Me guió en los detalles prácticos, me ayudó a estructurar las ideas y hasta compartió contactos que facilitaron el trabajo. Poco a poco, lo que parecía una sentencia se transformó en una experiencia reveladora. No solo logré sacar adelante los eventos con éxito —el congreso tuvo una asistencia récord y las conferencias fueron bien recibidas—, sino que descubrí en mí una capacidad para gestionar y liderar que no sabía que poseía. Ese pozo, que al inicio me pareció un castigo cruel, se convirtió en un espacio de aprendizaje y fortalecimiento.
Reflexionando sobre la historia de José, encuentro ecos de mi propia vivencia. A José le quitaron su túnica, símbolo de su identidad y favor, y lo arrojaron a un pozo por la envidia y la malicia de sus hermanos. En ese momento, debió sentirse perdido, traicionado, sin control sobre su destino. Sin embargo, ese pozo no fue su fin, sino el inicio de un camino que lo llevó a lugares que nunca imaginó. De manera similar, mi "pozo" —esas tareas impuestas que me sacaron de mi zona de confort— me obligó a enfrentar mis límites y, al hacerlo, a superarlos. Mi jefe no cambió su decisión, pero yo cambié mi forma de verla: lo que comenzó como una afrenta se convirtió en una oportunidad para crecer, para tejer una nueva túnica hecha de habilidades recién adquiridas y confianza ganada.
Esta experiencia me hace pensar que, a veces, las adversidades que nos imponen los demás, o incluso las circunstancias, no son solo obstáculos, sino puertas disfrazadas. José no pudo prever que su pozo lo llevaría a ser una figura clave en Egipto, pero confió y perseveró. Yo no imaginé que organizar esos eventos me enseñaría tanto sobre liderazgo, trabajo en equipo y resiliencia. Al final, el pozo no estaba tan vacío como pensé: estaba lleno de lecciones, de aliados inesperados y de una versión más fuerte de mí mismo que emergió de él.
gracias
ResponderEliminarbonita reflexión
ResponderEliminargracias por visitar el blog, espero sirva de reflexión.
EliminarSigan así
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