Había una silla en la casa que nadie ocupaba.
No estaba dañada ni era incómoda. Era una silla común, de madera oscura, colocada junto a una ventana desde donde se podía ver la calle. Durante muchos años había pertenecido al abuelo. Allí se sentaba por las tardes, algunas veces a leer el periódico y otras simplemente a observar a la gente pasar.
Cuando murió, nadie decidió dejar la silla vacía. Simplemente ocurrió.
Los primeros días parecía natural. Después pasaron las semanas, los meses y finalmente los años. La casa cambió de pintura, algunos muebles fueron reemplazados y los niños crecieron. Sin embargo, aquella silla permaneció en el mismo lugar.
Una tarde, uno de los nietos llegó cansado del trabajo. Había tenido uno de esos días en los que todo parece salir mal. Problemas, cuentas pendientes, decisiones difíciles y una sensación extraña de estar corriendo demasiado sin saber exactamente hacia dónde.
Entró a la casa, dejó las llaves sobre la mesa y, casi sin pensarlo, se sentó en aquella silla.
Su madre, que estaba en la cocina, lo observó en silencio.
—Hace mucho tiempo que nadie se sentaba ahí —le dijo.
Él miró la silla y sonrió.
—Pues sigue siendo cómoda.
Durante unos minutos no hizo nada. No miró el teléfono, no encendió la televisión ni trató de resolver alguno de sus problemas. Simplemente observó por la ventana.
Pasó un vendedor empujando su carreta. Dos niños jugaban en la acera. Una señora regresaba del mercado cargando una bolsa. Más adelante, un perro dormía tranquilamente bajo la sombra de un árbol.
La vida continuaba.
Entonces comprendió algo que probablemente su abuelo había descubierto muchos años antes: no todo momento necesita ser llenado de actividades.
Algunas veces basta con sentarse y mirar.
Su madre se acercó y le contó que su abuelo solía decir que desde aquella ventana había aprendido mucho sobre la vida. Veía personas apresuradas, personas alegres, personas preocupadas y otras que simplemente caminaban sin prisa.
Y siempre terminaba diciendo:
—Todos creemos que tenemos que llegar rápido a algún lugar.
El nieto permaneció allí un rato más.
Sus problemas seguían existiendo. Las cuentas no habían desaparecido, las decisiones todavía tendrían que tomarse y al día siguiente probablemente volvería el ruido de las obligaciones.
Pero esa tarde ocurrió algo diferente.
Por unos minutos dejó de correr.
Y descubrió que detenerse no significaba rendirse.
A veces pasamos buena parte de nuestra vida tratando de alcanzar algo: terminar los estudios, conseguir trabajo, comprar una casa, mejorar nuestros ingresos, resolver problemas, cumplir responsabilidades. Cuando alcanzamos una meta, inmediatamente aparece otra.
Y sin darnos cuenta podemos convertir la vida en una larga lista de pendientes.
Quizás por eso necesitamos encontrar nuestra propia silla junto a la ventana.
No necesariamente una silla real.
Puede ser una conversación tranquila, una caminata, una taza de café, unos minutos de silencio o simplemente ese momento del día en que dejamos de mirar todo lo que falta y reconocemos lo que ya está frente a nosotros.
Porque mientras pensamos en el lugar al que queremos llegar, la vida sigue pasando por la ventana.
Y algunas veces también vale la pena detenerse a verla.





